
Sin dar cuentas, pintarnos las uñas y fumar al mediodía, nunca había sido tan aladéltico que junto a Catalina. Con ella las burbujas de dolor eran de sangre rosada y todos los vientos, y los libros, y hasta los colectivos; no se comparaban a su voz de celofán y a sus ideas mortalmente incorrectas.
Fuimos felices. Nada era más imperfecto que nuestras carcajadas muertas en este plano y vivas en la luna. En ese momento, nada me hizo dudar que no se trataba de amor, sino de algo mucho más doloroso y fatalista: “sin dudas, ella era un sueño de otro planeta.”
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