
Nose en que momento las paredes del aula se fueron disminuyendo en anchura, en largos y hasta en los sonoros despliegues de la tiza.
Mis libros de a poquito, muy prolijamente, comenzaron a desorbitarse en el pupitre y en el profesor ahogado en la pequeñesa.
Fue así, en el mismo instante del timbre, ya nada quedaba en la habitación. Todo se
había comprimido minúsculamente en un cuadrado de preguntas y yo no me había percatado en escapar por la ventana del fondo.
Un cuadrado perfecto de métodos e historia y de genios muertos en medio de la nada. Sin darme cuenta el encierro me asfixiaba, provocando así, los discursos más estupendos arrancados de alguna paralela caprichosa…
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