
En el teatro, otra vez, el pequeño dibujito se escapo de mi libro de cuentos. Pero se escapó para triturar lentamente el telón del escenario; mientras que yo, su creador, permanecía serio y desconfiado como público muy bien pagado.
Mi dibujito gritaba, reía de ira, de amor, de dolor, y cuidadosamente fue recortando cada pieza del suelo para golpearla muy risueña sobre las bambalinas. De pronto, un coro destructivo me llamó desde arriba, y con sus melodías polvorientas y ensangrentadas, manipuló mi estupidez hasta abandonarme en aquella pasarela de frente a mi dibujito.
Así fue como lleve el techo al subterráneo y las bambalinas cortajeadas delante de las personas, y así arranqué un clavo que sobresalía de la madera y logré atrapar a mi dibujito. Si, él muy frío comenzó a derramar tinta en mis manos mientras que sus ojos se estrujaban y dobleteaban en el público sonriente; y todo el teatro se fue haciendo polvo, se fue haciendo sangre, muy despacio y muy cuidadosamente.
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